Hace unas semanas, me llamaron de una agencia de relaciones públicas para invitarme vía telefónica al evento de lanzamiento de una revista y como de costumbre, me encontraba en un evento en el Marrakech Salón Day Spa, en Prado Norte. Dicho sea de paso, el lugar es excepcional y lo tienen que ir a visitar y hacer una cita para darse un masaje de relajación que tanto nos ayuda a llevar la pesada carga del stress de esta ciudad. Como ya no me llegó ni la invitación electrónica ni mucho menos la física, decidí escaparme a mi café preferido en la ciudad de México, el Café Ó en Monte Líbano, donde seguramente te encontrarás a todos tus vecinos, para verme con unas amigas y ponernos al tanto de nuestras vidas.
La conversación, después de saludar a por lo menos cuatro mesas de conocidos y “amigos” que sólo saludas cuando te los encuentras por casualidad, giró en torno a un tema que se comenta hablando al oído pero que es por demás recurrente en todos los cafés de la zona y en las casas de otros tantos: la pesadilla de que a pesar de vivir en una de las ciudades más grandes del mundo, siempre terminas encontrándote a la misma gente y no digamos el problema de salir con un buen partido, ya que si has descuidado tu fama en la búsqueda del príncipe azul, eso puede apartarte al resto de los príncipes que andan sueltos en la ciudad de México y que por lo visto escasean al por mayor.
El problema y solución aparente de una de mis más inocentes amigas presentes en el café era en que la sociedad mexicana era “en extremo cerrada y short minded”, y que nuestra salvación y futura felicidad “radicaba en mudarnos a un país donde nadie te conociera”. Llegando a mi casa me puse a analizar la situación y encontré que lo que había dicho mi amiga fácilmente pudiera tener solución en esta misma ciudad: apartarse del círculo en el que estás enfrascado y buscar nuevos horizontes.
Y es que en honor a la verdad, el grupo de personas que ostentan las más grandes fortunas del mundo es desafortunadamente demasiado reducido. Eventualmente, terminas descubriendo que tu tío lejano, vizconde español, conoce a la perfección a uno de tus mejores amigos de Monterrey; que uno de tus amigos de la infancia no puede ser invitado a la casa de tu tía ya que la tía de éste, se divorció del primo de tu tía y dicho sea de paso se llevó un buen pedazo de su fortuna.
Los secretos, rumores, intrigas y relaciones, terminan esparciéndose como pólvora por todo el mundo (literal) y los secretos mejor guardados son los primeros en darse a conocer a voces. Por supuesto, como vivimos en un mundo de perfecta diplomacia, todo mundo te saludará con buena cara, pero nunca te permitirá la entrada en su casa, o te alejará de amistades que podrían ser de utilidad para tu futuro profesional, y todo, claro está, sin que nunca te enteres de una sola palabra.
Después de este análisis de la situación de las familias más ricas del mundo, no pude hacer otra cosa que echarme a reír y descubrir qué tan parecidos somos los unos a los otros y cuánto creemos que nuestra posición social nos separa de aquellas comunidades apartadas en la sierra de México de no más de 500 habitantes, que andan en burro, siembran maíz y comen frijoles con tortilla la mayor parte de la semana, cuando en el fondo compartimos las mismas prácticas que al fin de cuentas, nos hacen humanos.
Para terminar mi participación de la semana, me gustaría compartir con ustedes la tremenda confusión que tengo con respecto a “las señales” que los galanes en cuestión tienden a dar a conocer para saber que les interesas en plan de noviazgo. Y esto se los comento porque hace unos meses, en una cena de gala organizada por Mont Blanc me topé con una persona que me saludó efusivamente, y de quien no recordaba el más mínimo detalle.
Me pidió mi teléfono y quedamos de ir a tomar un café. Claro que al día siguiente mi Messenger desplegaba una petición del susodicho para estar en contacto. Después de meses de hablar por este medio y tener ciertos detalles importantes de cortesía, coincidimos en la ciudad de Buenos Aires, y recibí una invitación de su parte para asistir al Abierto de Polo, del cual era gran aficionado. Fue nuestra primera cita oficial, (yo por supuesto enfundado en Hermés y haciendo gala de mi desconocimiento sobre el tema más que la relación que dicha marca tiene con el mundo ecuestre) y sin embargo, ningún avance aunque debo confesar que desde entonces el contacto ha sido más frecuente y las cosas caminan poco a poco.
Muchos de mis amigos me dicen que éstas son señales de que el interés va en serio; otras que nada se puede saber hasta que no haya acciones concretas y yo me pregunto: En éstos tiempos en que el romance y el amor parecen ser tan lejanos y desconocidos como el desierto inhóspito del Sahara…¿Necesitamos jugar el juego de las señales? ¿Tenemos que vivir la confusión y la desesperanza de la mala interpretación promovida por el deseo hacia la otra persona? ¿No podemos ahorrar tiempo y convertirnos en una de las escasas parejas que comparten por algún tiempo sus vidas? En fin, creo que éste ritual en mucho se relaciona al tema de pertenecer a una sociedad en específico: hay que irse con cuidado porque nunca sabes quién o qué puede estar detrás de la otra persona.
Nos vemos la próxima semana.
La conversación, después de saludar a por lo menos cuatro mesas de conocidos y “amigos” que sólo saludas cuando te los encuentras por casualidad, giró en torno a un tema que se comenta hablando al oído pero que es por demás recurrente en todos los cafés de la zona y en las casas de otros tantos: la pesadilla de que a pesar de vivir en una de las ciudades más grandes del mundo, siempre terminas encontrándote a la misma gente y no digamos el problema de salir con un buen partido, ya que si has descuidado tu fama en la búsqueda del príncipe azul, eso puede apartarte al resto de los príncipes que andan sueltos en la ciudad de México y que por lo visto escasean al por mayor.
El problema y solución aparente de una de mis más inocentes amigas presentes en el café era en que la sociedad mexicana era “en extremo cerrada y short minded”, y que nuestra salvación y futura felicidad “radicaba en mudarnos a un país donde nadie te conociera”. Llegando a mi casa me puse a analizar la situación y encontré que lo que había dicho mi amiga fácilmente pudiera tener solución en esta misma ciudad: apartarse del círculo en el que estás enfrascado y buscar nuevos horizontes.
Y es que en honor a la verdad, el grupo de personas que ostentan las más grandes fortunas del mundo es desafortunadamente demasiado reducido. Eventualmente, terminas descubriendo que tu tío lejano, vizconde español, conoce a la perfección a uno de tus mejores amigos de Monterrey; que uno de tus amigos de la infancia no puede ser invitado a la casa de tu tía ya que la tía de éste, se divorció del primo de tu tía y dicho sea de paso se llevó un buen pedazo de su fortuna.
Los secretos, rumores, intrigas y relaciones, terminan esparciéndose como pólvora por todo el mundo (literal) y los secretos mejor guardados son los primeros en darse a conocer a voces. Por supuesto, como vivimos en un mundo de perfecta diplomacia, todo mundo te saludará con buena cara, pero nunca te permitirá la entrada en su casa, o te alejará de amistades que podrían ser de utilidad para tu futuro profesional, y todo, claro está, sin que nunca te enteres de una sola palabra.
Después de este análisis de la situación de las familias más ricas del mundo, no pude hacer otra cosa que echarme a reír y descubrir qué tan parecidos somos los unos a los otros y cuánto creemos que nuestra posición social nos separa de aquellas comunidades apartadas en la sierra de México de no más de 500 habitantes, que andan en burro, siembran maíz y comen frijoles con tortilla la mayor parte de la semana, cuando en el fondo compartimos las mismas prácticas que al fin de cuentas, nos hacen humanos.
Para terminar mi participación de la semana, me gustaría compartir con ustedes la tremenda confusión que tengo con respecto a “las señales” que los galanes en cuestión tienden a dar a conocer para saber que les interesas en plan de noviazgo. Y esto se los comento porque hace unos meses, en una cena de gala organizada por Mont Blanc me topé con una persona que me saludó efusivamente, y de quien no recordaba el más mínimo detalle.
Me pidió mi teléfono y quedamos de ir a tomar un café. Claro que al día siguiente mi Messenger desplegaba una petición del susodicho para estar en contacto. Después de meses de hablar por este medio y tener ciertos detalles importantes de cortesía, coincidimos en la ciudad de Buenos Aires, y recibí una invitación de su parte para asistir al Abierto de Polo, del cual era gran aficionado. Fue nuestra primera cita oficial, (yo por supuesto enfundado en Hermés y haciendo gala de mi desconocimiento sobre el tema más que la relación que dicha marca tiene con el mundo ecuestre) y sin embargo, ningún avance aunque debo confesar que desde entonces el contacto ha sido más frecuente y las cosas caminan poco a poco.
Muchos de mis amigos me dicen que éstas son señales de que el interés va en serio; otras que nada se puede saber hasta que no haya acciones concretas y yo me pregunto: En éstos tiempos en que el romance y el amor parecen ser tan lejanos y desconocidos como el desierto inhóspito del Sahara…¿Necesitamos jugar el juego de las señales? ¿Tenemos que vivir la confusión y la desesperanza de la mala interpretación promovida por el deseo hacia la otra persona? ¿No podemos ahorrar tiempo y convertirnos en una de las escasas parejas que comparten por algún tiempo sus vidas? En fin, creo que éste ritual en mucho se relaciona al tema de pertenecer a una sociedad en específico: hay que irse con cuidado porque nunca sabes quién o qué puede estar detrás de la otra persona.
Nos vemos la próxima semana.
